![]() |
Comité Fronterizo Por los derechos humanos y laborales de los trabajadores de las maquiladoras |
|
||
|
|
|||||
LOS ANGELES TIMES Trabajadores pendiendo de un hilo Por Fred Dickey La planta fue clausurada en junio, una de seis plantas que Levi Strauss cerró, dejando al gigante de la manufactura de ropa de San Francisco con una muy pequeña presencia en los Estados Unidos: una planta en San Antonio exclusivamente para productos que necesitan producirse rápidamente, con fechas de entrega que las plantas del extranjero no puedan cumplir. Al final, los trabajadores de Blue Ridge estaban muy confundidos envueltos en un torbellino de emociones, algunos estaban en choque, otros murmuraban que nunca más volverían a vestirse con ropa de Levi Strauss. La mayoría se preocupaba por su futuro, Brenda Pope era uno de ellos. Midiendo en lo que la mayoría de nosotros sentimos que necesitamos, la madre soltera de 44 años de edad pidió muy poco. Ella quería vivir entre árboles de pinos que le fueran familiares, entre gente de confiar, crear con sus manos cosas de valor para la gente y criar a sus hijos como en los viejos tiempos. No pensó que necesitaba un título universitario para poder hacer estas cosas y tuvo razón hasta que cometió el error de valorarse muy alto en el mercado laboral - una proeza lograda al ganar $14 la hora poniendo cierres a los pantalones de mezclilla de Levi's. Cuando Levi Strauss se llevó el trabajo de Pope fuera del país, ella se convirtió de uno de los cientos de miles de estadounidenses que perdieron sus trabajos en las últimas seis décadas cuando la industria de la ropa busca bajar sus costos de operaciones pagando bajos salarios en países menos desarrollados. En ese contexto, la decisión de cerrar la planta de Blue Ridge no fue inusual. Levi Strauss mantuvo sus últimas plantas en los Estados Unidos mucho más tiempo después que sus competidores se fueran al extranjero. Aún así cuando una compañía como Levi Strauss, con una reputación de ser buenos administradores y tener relaciones estrechas con sus empleados, finalmente cierra sus puertas en los Estados Unidos, podría ser una ocasión para medir la pérdida humana aquí y en el exterior, de la fuga de trabajos en la industria de la ropa - y de recordar que esto está pasando para que consumidores estadounidenses, que compran más ropa que cualquier otra gente en la historia, puedan comprar una camisa por $20 en vez de $25. En 1950, 1.2 millones de estadounidenses trabajaban para la manufactura de ropa. Para el 2001 ese número bajó a 566,000. Durante ese mismo lapso de tiempo, la población estadounidense casi se duplicó. Los trabajos se fueron del país y entraban productos terminados. En 1989 los Estados Unidos importó $24.5 billones en ropa; en el 2001 importó $63.8 billones. En el ultimo trimestre del 2001, el 83 por ciento de toda la ropa vendida es éste país era importada. La migración de éstos trabajos es vista como el resultado natural de la globalización, el proceso económico que fusiona la tecnología y financias del mundo desarrollado con el basto mercado laboral de países menos desarrollados. Esta tendencia es especialmente atractiva a la industria de la manufactura de ropa porque básicamente todo lo que necesitan son máquinas de coser y trabajadores con bajísimos salarios. La globalización avanzó con tanta cautela que no fue reconocida hasta que había crecido completamente. Esta se aceleró al final de la 2da Guerra Mundial, cuando el mundo de la industrialización se estaba reorganizando dice Charles Derber de la Universidad de Boston, autor de "Nación Corporativa", un libro que ve el poder corporativo a través de un filtro populista. A medida que las corporaciones estadounidenses veían el surgimiento de la economía japonesa y de otros competidores extranjeros, comenzaron a buscar un ángulo de ventaja y lo encontraron en la mano de obra barata del extranjero. "Se dieron cuenta que podían hacer más dinero utilizando esos billones de trabajadores tanto como productores como consumidores", dijo Derber. Mucho ejecutivos de corporaciones ven éste océano de mano de obra barata como un centro de ganancias atractivo, o si lo encuentran depredador y sin gusto, es entonces una necesidad competitiva. Los economistas dicen que la globalización será la plataforma para que los países en desarrollo construyan sus propios mercados libres, y que los salarios bajos son parte del proceso de crecimiento. Michael Weinstein, un economista de Nueva York que ha estudiado el fenómeno de la fuga de trabajos, dice de la difícil situación de Pope y de otros como ella: "Cualquier política que den para salvar el trabajo de esa persona va a amenazar el trabajo de otra persona. No quiero sonar insensible, pero hay muchísimos trabajos con sueldo mínimo (en los Estados Unidos) que necesitan ser tomados. Si prohibimos la entrada de productos a bajo costo, sería la gente más pobre que depende de éstos productos los que serían castigados más severamente". En otras palabras, es el pobre el que más sufriría, si digamos, la ropa en Wal-Mart súbitamente costara más. Weinstein añade, "No necesitamos los trabajos de la industria de la ropa para tener buenos empleos para los estadounidenses. Es bueno cuando éstos trabajos lo hacen la gente con menos recursos en el mundo. Apretarle las clavijas a las maquiladoras lo veo como una medida sin conciencia, ya que éstas hacen que la vida de esa gente sea mejor de lo que podría ser". La búsqueda por gente en peores condiciones en el mundo significa que la industria de la ropa está buscando por un punto que está siempre en movimiento. Tan pronto los salarios suben en un país, se mudan para otro. Charles Kernaghan, director del Comité Nacional Laboral en la ciudad de Nueva York, llama a estos cambios de larga distancia una "carrera por lo más barato" en la escala de salarios. El comité tiene una lista de los salarios por hora de las manufactureras de ropa en países en desarrollo incluyendo: Guatemala, 37 centavos; China, 28 centavos; Nicaragua, 23 centavos; Bangladesh, de 13 a 20 centavos. Además de bajos salarios, manufactureras en muchos países se benefician del trabajo infantil y de jornadas largas de trabajo, así como también la ausencia de planes de salud, protección al medio ambiente, normas de seguridad laboral y esfuerzos para organizar a los trabajadores. Para ser justos, algunas manufactureras estadounidenses de ropa, Levi Strauss entre ellas, han tomado pasos para vigilar las condiciones de plantas del extranjero y pagar salarios justos. Pero esos esfuerzos están muy lejos de ser universal. "Compañías estadounidenses visitan esas plantas como modelo de operaciones, pero siempre reciben el tour de Personas Importantes (VIP) y hablan con empleados escogidos que han sido entrenados especialmente para estas ocasiones", dice Kernaghan, un activista laboral de la vieja escuela y enojado, que conoce a su enemigo, no confía en él y nunca se le acerca mucho. Mano de obra barata Para Derber, esa explicación está en un lenguaje en clave y en realidad quiere decir: Nos vamos con la mano de obra barata y no queremos ensuciarnos las manos al ser propietarios de fábricas de explotación o sweatshops. La meta es "negar en forma veraz" sobre las condiciones laborales. Dijo también que propietarios de plantas extranjeras casi nunca tienen técnicas administrativas emocionales y operan con el apoyo de poderosos políticos que pueden evadir cualquier tipo de supervisión gubernamental que pudiera técnicamente existir en las leyes. Al preguntarle por qué Levi Strauss contrata su manufactura con otras empresas, su Presidente y CEO Philip Marineau da varias rezones de competencia empresarial y luego hace una pausa y reconoce que, "La industria de la ropa busca la mano de obra barata". Para Levi Strauss, las ventajas eran obvias este año. En su tercer trimestre que terminó el 25 de agosto, las ventas de Levi subieron 3.5 porciento, su primer aumento desde 1996. Hace cinco semanas consiguieron un contrato para vender una nueva línea de jeans a un precio más módico a través de la inmensa cadena de tiendas Wal-Mart Inc. Marineau predice que la nueva marca de Levi Strauss generará cientos de millones de dólares en ventas cada año -todo de ropa hecha en el exterior. Hay que reconocer que Levi Strauss ha sido un pionero en el extranjero creando códigos corporativos de normas de operaciones para cada manufacturera con las que tiene contratos. Levi Strauss también paga inspectores para hacer cumplir esas normas.. Pero Weinstein dice que hacer cumplir los códigos de varios grupos privados y organizaciones internacionales no se puede lograr. Grupos como la Organización Mundial de Comercio, TLC y la Organización Internacional del Trabajo no tienen influencia real para controlar multinacionales estadounidenses porque los Estados Unidos tienen una poderosa influencia económica. "Digamos que Filipinas tiene un problema con las prácticas empresariales estadounidenses", dice él. "¿Qué van a hacer? ¿Rehusar hacer negocio con los Estados Unidos?" Esto nos lleva al punto principal de Kernaghan. El activista laboral dice que el paso más efectivo contra abusos en la globalización sería pasar una legislación en los Estados Unidos prohibiendo la entrada de materiales provenientes de países cuyos productos no cumplan con las normas aceptables. En otras palabras, los Estados Unidos le diría a las multinacionales con operaciones en el extranjero que: No los podemos detener para que sigan produciendo más ropa en fábricas de explotación, pero no pueden venderla aquí. "Tenemos el poder para determinar lo que entra a nuestro país", dice Jay Mazur, presidente retirado de Unite, el sindicato que tradicionalmente representa a la mayoría de los trabajadores de la industria de la moda en los Estados Unidos. "Decimos que la cocaína no puede entrar a éste país, y también podemos decir que materiales producidos en fábricas de explotación tampoco pueden entrar". Kernaghan y sus aliados (personas que abogan por los derechos humanos y algunos sindicatos laborales, pero hasta ahora no muchos políticos) creen que tal ley eliminaría la explicación común que las compañías dan para abusar las normas humanas --lo hacemos porque nuestra competencia lo hace. Los oponentes argumentan que las leyes subirán el precio de la ropa en los Estados Unidos. Carrera hacía lo más barato En el arenoso pueblo fronterizo de Piedras Negras, a dos horas del suroeste de San Antonio, una madre con cinco hijos dice que gana cerca de $55 semanales cosiendo bolsos de tela en una fábrica local. La mujer, que no quería que utilizaran su nombre por temor a represalias en el trabajo, ganaba el doble trabajando en jeans de Levi en una fábrica grande hace dos años. Pero la cerraron y los trabajos se fueron a América Central y al lejano oriente. La clausura la dejó a ella y a su esposo, cuyo propio trabajo es inestable, con muchas más facturas que pagar que dinero disponible. La familia vive en una casa de barro a medio derrumbar de dos dormitorios. Hoy, ella se preocupa que pueda retrasarse en su cuota de costura, ya no es tan ágil como antes. Aguanta las ganas de ir al baño hasta la hora del almuerzo o hasta que termine para evitar retrasarse. Ella sabe que 100 personas harían fila inmediatamente para obtener su trabajo, y que gustosamente tomarían el salario mas bajo para empezar de cerca de $35 semanales. No hay seguridad laboral y nadie a quien acudir porque el sindicato de la planta es tan fiel a la compañía como lo es ella. El desacelaramiento de la economía en los Estados Unidos de este año, ha lastimado la industria mexicana de la ropa, pero la mayoría de los trabajos se perdieron debido a que las compañías se mudaron a países con salarios más bajos, dice Julia Quinonez, líder del CFO (Comité Fronterizo de Obreras) en Piedras Negras. Ella dice que 4,500 trabajos de manufactura de ropa han desaparecido de la pequeña ciudad en los últimos tres años y que los salarios han bajado de $4 la hora hace 10 años en un promedio de 80 centavos diarios. Quiñonez dice que los trabajos se están yendo a otros continentes o más al sur de México, donde los salarios son alrededor del 60 por ciento más bajos que los de la frontera y donde las protecciones al trabajador son raramente cumplidas. Martha Tovar, presidente de Solunet-InfoMex, una compañía de estudios económicos en El Paso, dice que 68 plantas textiles cerraron en México el año pasado, empeorando las condiciones en el área de la frontera. Los precios son tan altos que la gente cruza la frontera para comprar frijoles y arroz, y ocasionalmente pollo y carne de res barata. Cuando se le dice a la madre que muchachas de servicio en Los Angeles se ganan el equivalente de su sueldo semanal por medio día de trabajo, ella abre sus ojos y pregunta, "¿Cómo puede ser?" Entonces desearía reunir a su familia y cruzar la frontera, donde buscarían un trabajo para saber si las historias que cuentan son ciertas. Cuando se le pregunta cómo lo haría, se encoge de hombros y dice, "Pues, usaría un pase temporal (guest pass) para cruzar y no regresaría". No siente mucha curiosidad acerca de la compañía responsable por su salario. Sin embargo, le gustaría preguntarle - quien quiera que ellos sean -- "¿Por qué es que no pueden pagarme lo suficiente para vivir decentemente y poder así darle de comer pollo a mi familia aunque sea de vez en cuando?" Ella no es una economista y nunca ha escuchado de la globalización, pero sus instintos le dicen que el trabajo que le permite apenas sobrevivir pronto se irá como ha pasado con miles de trabajos en su pueblo. En su carrera por conseguir lo más barato, resulta que México está en el espejo retrovisor. Esperanza de pollo Rahman quien es el mayor apoyo de sus padres y dos jóvenes familiares, vive en uno de los muchos barrios pobres de Dhaka, Bangladesh. Todo lo que ella puede pagar es un cuarto. Durante la época de lluvia, la familia recoge sus sabanas y cobijas y se acuestan en el único rincón seco para no empaparse. Ella nunca ha ido a la escuela, montado bicicleta o visto una película. Su salario le permite comer pollo quizás una vez cada dos meses. Ella describe su vecindario: "De noventa a 100 personas en mi vecindario utilizan una sola llave de agua, una letrina y una estufa de cuatro quemadores". Rahman ha trabajado en las fábricas de ropa desde que tenía 10 años, los últimos tres años en la fábrica Shah Makhdum. Ella dice que regularmente trabaja desde las 8 a.m. hasta las 10 p.m. siete días a la semana, con quizás un día libre una vez al mes. El dinero que lleva a casa es el equivalente a 14 centavos por hora. La fábrica es calurosa y el agua que toman es sucia. Si se enferma y no puede trabajar, no le pagan. Si se enferma muy seguido no le pagarían permanentemente. Rahman tiene apariencia de niña abandonada - cerca de 5 píes y 110 libras - y tiene ojos redondos que flotan en su todavía joven piel morena. Su cuerpo parece rogar por un brazo protectivo que la abrace, pero ni eso le hace ser floja en su trabajo: "Si no cumplimos (producción de cuotas), el supervisor nos grita e insulta. Ellos insultan a nuestros padres y les dan feos sobrenombres. Algunas veces nos cachetean". Uno de los productos en los que Rahman ha trabajado más recientemente es para la compañía Walt Disney Co., un comprador por contrato de la fábrica. Es una camisa con Winnie the Pooh que se vende por $17.99. Cuando se le pregunta a Rahman que adivine el precio de la camisa en los Estados Unidos dice, "Como 50 o 100 takas", lo que equivale a entre 86 centavos y $1.72. Richard Dekmejian, un experto en relaciones internacionales de la Universidad del Sur de California, da su opinión de adonde no esta llevando la globalización: "Países del tercer mundo no tienen otra opción sino dejar que estas compañías operen para que su población no muera de hambre. La gente toma las migajas que puedan agarrar. Pero el impacto general de la globalización es que el rico se hace más rico y en pobre se muere de hambre, esto eventualmente llevará a una explosión. Es inevitable". Mazur, un veterano sindical es más optimista. "El mundo nos ve como un gran motor económico, y ellos sólo quieren que trabaje para ellos también. Al darle al mundo salarios justos, crearíamos estabilidad social y haría que la paz tuviera una mayor posibilidad ". Situación sin esperanza "Muchos niños lo molestan, lo llaman cara de pizza y cosas parecidas. Me parte el corazón. Una vez me preguntó, '¿Mamá, te da verguenza como me veo?' Cuando el doctor le dijo que tenía lupus, lo único que preguntó fue, '¿Me voy a morir?' " La vida ha tratado mal a Pope, pero algunas veces ha sido su culpa y ella lo sabe; es decir debido a los dos hombres con quien se ha casado, incluyendo al papá de Brian, de quién se divorció hace 10 años. Ella anticipa pesados viajes a las oficinas de bienestar social y desempleo, y una interminable búsqueda de trabajo que promete muy poco debido a sus habilidades limitadas. Ella podría hacer hamburguesas por casi $6 la hora - si contratarán a una mujer de edad madura con diploma de secundaria y una ética laboral anticuada - pero eso no sería suficiente para salvar su casa y pagar los gastos del tratamiento de la enfermedad de su hijo. "Lavaría platos si me pagaran bien", dice ella. Nadie en Blue Ridge, actualmente, busca por una mujer que ha cosido un par de millones de cierres de pantalones. De hecho, no muchos en Blue Ridge están necesitando empleados. El pueblo se está convirtiendo rápidamente en un sitio vacacional con tiendas de antigüedades, casas de veraneo para los ricos de Atlanta, además de centros para convalecientes y personas jubiladas. Como consecuencia de la escasez de empleos los trabajos disponibles son para cambiar sábanas y limpiar baños en una industria que paga salarios muy bajos. El estado de Georgia ha establecido una agencia para los ex-empleados de Levi Strauss. Empleados estatales entusiastamente los ponen en trabajos con bancos, pero hay muy pocas plazas vacantes. Animan a los que no saben escribir en teclado a que aprendan computadoras y les proporcionan fondos para que vuelvan a la Universidad o a la escuela vocacional. Esto tiene un valor marginal para la gente de edad madura que solo saben trabajo manual y quienes, en cualquier caso, no pueden dejar de trabajar para ir a la escuela. Levi Strauss era parte de la familia de Pope. Su mama trabajó allí por 26 años, hasta jubilarse y otros tres miembros de su familia inmediata fueron despedidos al mismo tiempo que Brenda, "Cuatro de nosotros nos quedamos sin trabajo". "Ellos dijeron que nos iban a dar una bolsa conmemorativa de mezclilla". Hace una pausa por la ironía del arreglo. "¿Veinte años y lo que recibo es una bolsa de mezclilla hecha de los sobrantes que tiraba en una cesta?", se ríe. "Ya estoy ansiosa por recibir esa bolsa" Brian se ríe también pero sin estar seguro por qué. Cuando se le pregunta acerca de la situación de su madre, responde con la ingenuidad de niño. Sonríe orgullosamente y dice que quiere regresarle su mesada semanal para ayudar un poco. Ella lo abraza fuerte. En mi camino de salida, volteo la cabeza y veo a Brenda y Brian Pope parados en las escaleras agarrados de las manos. Los consumidores estadounidenses tienen muchas ventajas. De la misma manera que los estándares de vida han aumentado y el costo de la ropa bajado, los hogares han crecido y los clósets también. Salir a comprar ropa se ha convertido en un pasatiempo para millones de personas porque tienen el dinero para hacerlo regularmente. Gracias a la clausura de Levi Strauss, podemos comprar cinco camisas por $100 en vez de cuatro. ¿El costo de tener esa quinta camisa? Nóminas del welfare más altas, seguro medico y costos de re-entrenamiento de trabajo para buenos trabajadores como Brenda Pope, las vidas tan pobres de gente como Lisa Rahman y la familia de Piedras Negras, y quizás la explosión que predice Dekmejian. Parte de la característica estadounidense es creer que las cosas van a mejorar. Sin embargo, muchos países pobres están estancados en la depresión que dice que las cosas malas jamás van a cambiar, ambos usualmente tienen razón. |
|||||
www.cfomaquiladoras.org es producido en colaboración con el www.cfomaquiladoras.org es producido en colaboración con el Comité Fronterizo de Obrer@s (CFO) |
|||||