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ciudad mexicana fronteriza, las ganancias Por Sam Dillon Ciudad Acuña, Mexico -Juan Tovar Santos, un trabajador de la línea de esamble en esta ciudad fronteriza, nunca olivadará la vez que viajó a la reunión anual de los accionistas de Alcoa en Pittsburgh y confrontó al presidente ejecutivo respecto a las condiciones de trabajo en las fábricas de Alcoa aquí. Luego de que Paul H. O'Neill -principal ejecutivo de Alcoa y quien el mes pasado se convirtió en el Secretario de Tesoro del presidente Bush- anunció las crecientes ganancias de la compañía, Juan Tovar se tomó el micrófono. Tovar, quien ganaba en ese tiempo menos de 600 pesos diarios, decribió a los gerentes de Alcoa tan tacaños que tenían a un empleado de limpieza parado en la puerta del baño para limitar a los trabajadores a sólo tres pedacitos de papel sanitario. Él también contó un incidente en el cual más de 100 trabajadores se asfixiaron y fueron llevados al hospital por inhalar una fuga de gas. El Señor O'Neill, sorprendido por las descripciones, defendió las condiciones en Ciudad Acuña. "Nuestas plantas en Mexico son tan limpias que ellos pueden comer del piso", dijo. "Eso es mentira", contestó Tovar en español, mientras era traducido por un intérprete. Él mostró artículos de prensa describiendo la hospitalización de sus compañeros de trabajo a consecuencia de la fuga de gas. Luego que una investigación dirigida por el propio O'Neill determinó que el presidente ejecutivo de una de las operadoras de Alcoa había encubierto el problema de la fuga de gas, O'Neill lo despidió y comenzó a mejorar las condiciones de las ochos plantas de Acuña propiedad de Alcoa Fujikura Ltd., una empresa asociada con una compañía japonesa. Hoy, Alcoa paga salarios que están entre los más altos de Acuña. Aún así, desde la reunión en 1996, las tensiones han continuado estallando en esta ciudad al otro lado de Del Rio, Texas. Han habido reuniones dificiles entre trabajadores y gerentes de Alcoa para discutir salarios, prestaciones y tiempos de descanso. El pasado octubre hubo una confrontación en el estacionamiento de una planta, durante la cual policías de Acuña lanzaron gases lagrimógenos a unos disgutados trabajadores. En Acuña, como en cualquier otro asentamiento fronterizo, trabajadores mexicanos ganan sueldos tan miserables, y las compañías estadunidenses pagan impuestos tan raquíticos, que sus escuelas estan cayéndose, sus hospitales derrumbándose, su recolección de basura está descuidad y su sistema de aguas negras en ruinas. La mitad de los 150 mil residentes de Acuña utilizan letrinas en sus patios. A través de los años, México y su gente llegaron a aceptar estas condiciones a cambio de trabajos estables. Pero ahora todos, desde funcionarios de hacienda mexicanos hasta expertos en medio ambiente de ambos países, están debatiendo las reglas, escritas o no, bajo las cuales las corporaciones mayormente estadunidenses han operado en la frontera. Hay una creciente preocupación de que en la medida que las fábricas que hacen de todo, desde tenis hasta televisores, se han esparcido a través del mundo en desarrollo, los derechos laborales y las normas del medio ambiente se han pasado por alto con frecuencia. "Acuña es una desgracia", dice Javier Villareal Lozano un historiador mexicano que dirige un instituto cultural financiado por el gobierno de Coahuila, el estado donde se encuentra Acuña. "Hace cien años empleados estadunidenses se hubieran avergonzado de estas condiciones. ¿Trabajadores de Henry Ford viviendo en casas de cartón? Él nunca lo hubiera tolerado". Los ejecutivos dicen ahora que Alcoa reconoce que sus responsabilidades en México pueden no terminar en la entrada de los parques industriales. En una entrevista el mes pasado, Robert S. Hughes II, Presidente Ejecutivo de Alcoa Fujikura, dijo que los salarios de Alcoa estaban entre los más altos de Acuña, lo que fue confirmado por funcionarios locales. El salario promedio por una semana de 48 horas en las plantas de Alcoa en Acuña es de $790 pesos, dice la compañía. El Comité Fronterizo de Obreras, un grupo que ha representado a trabajadores en Acuña, pone el salario promedio en $670. Robert Hughes describe las prácticas de medio ambiente y seguridad de Alcoa como de "clase mundial", dice que la compañía basa sus políticas en "valores muy claros alrededor de la gente". Pero reconoce que la crisis de Acuña es preocupante y dijo que Alcoa podría aumentar sus esfuerzos en la filantropía corporativa. "Usted me pregunta: 'le gusta lo que ve cuando atraviesa por alguna de estas áreas residenciales?. Y lo he hecho, en Acuña, lo mismo que en Brasil, Bangkok, China el problema que usted menciona es importante", dice Hughes. "Yo no creo que Alcoa pueda resolver todas las males de México, pero estamos tratando de hacer lo que es correcto". Una tradición de no sindicato Después de que el gobierno de México comenzara a ofreceles condición de exoneradas de impuestos a plantas ensambladoras de la frontera a finales de los años 60, Jesús María Ramón Valdez, hijo del hombre que dominó la política de Acuña por décadas, comenzó a nivelar las brechas de altamisa de la familia para convertirlas en el primer parque industrial de la ciudad e invitar a corporaciones extranjeras a instalar sus fábricas, conocidas aquí como maquiladoras. Al principio, recuerda Valdéz en una reciente entrevista, muchos ejecutivos estadunidenses tenían reservas. "Ellos decían que no querían tratar con México en cuanto a los sindicatos", dice Ramón Valdéz, quien fue elegido presidente municipal de Acuña a principios de los 80. Para contrarrestar esos temores, dijo, él dió parte de las acciones financieras del parque industrial a un alto dirigente sindical local. Desde entonces, eso ha mantenido a organizadores sindicales lejos de las plantas de Acuña, dice Valdez. "Siempre he manejado la situación de manera que haya cero sindicatos". Cuando Acuña comenzó a invitar al sur a corporaciones estadunidenses, Alcoa estaba produciendo sistemas de cableados automotrices en plantas en dos pueblos de Mississippi, dice Jack D. Jenkins, un ejecutivo de Alcoa que trabaja con Hughes en la oficina central de Alcoa Fujikuri en el próspero suburbio de Brentwood en Nashville, Tennessee. Los taiwaneses y otros competidores asiáticos estaban comenzando a producir componentes de cables mas baratos de los que Alcoa podía producir en los Estados Unidos, dice Jenkins. "Para nosotros se trataba de o mudarnos a México o dejar de existir", dice. Alcoa construyó la primera de sus fabricas en 1982. Su llegada coincidió con un furor de construcción en Acuña, cuando subsidiarias de muchas otras corporaciones estadunideses, incluyendo General Electric y Allied Signal, comenzaron aquí operaciones de manufactura en maquilandoras. Cuando las corporaciones extranjeras comenzaron a llegar en los 70, Acuña era un somnoliento asentamiento del Río Bravo con 40 mil residentes. Su población se desbordó cuando miles de agricultores y obreros sin trabajo llegaron a Acuña de todas partes de México. Sin un lugar donde vivir, muchos construyeron refugios improvisados en lotes vacíos, un proceso que todavía continua. Cientos de invasores incluso tomaron un desviadero de ferrocarril, construyendo casuchas sobre los rieles. En los años 90, Acuña estuvo creciendo más rápido que cualquier otra ciudad en el norte de México, dicen funcionarios del censo. El censo del año pasado contó 110,388 residentes en Acuña, pero funcionarios estatales y locales dicen que ese número está mal estimado. Ellos calculan la población de Acuña entre 150 y 180 mil. La ciudad alberga ahora 60 plantas. A pesar del crecimiento desmedido de la población en Acuña, con frequencia han existido más empleos que trabajadores. Por esto los empleadores envían reclutadores a través de México para traer trabajadores al norte. Una lucha por vivienda Uno de los reclutados fue Isidro Esquivel Sánchez, quien creció en un desértico pueblo a 560 kilómetros al sur. En 1996 cuando tenía 21 años y estaba sin trabajo una persona de Alcoa pasó manejando y hablando por un altavoz acerca de una vida mejor en Acuña. Sonaba bien, recuerda Equivel , así que él, su esposa de 19 años de edad, y dos medios hermanos adolescentes se subieron a un autobús de Alcoa. Cuando la caravana llegó a Acuña un viernes por la noche, los Equivel y otros reclutados fueron dejados en la plaza central diciéndoseles que se valieran por sí mismos hasta el lunes, cuando las oficinas de Alcoa estarían abiertas. Muchos de los desconcertados trabajadores durmiron en las bancas de la plaza. Una amable mujer de Acuña permitió que los Esquivel durmieran en el suelo de su casa, cuenta Esqivel. El Señor Hughes dice que duda que trabajadores de Alcoa hubiesen sido tratados tan vilmente. "Si esto ocurrió alguna vez, es una clara violación de la forma que queremos manejar nuestra compañía," dice en la entrevista en un hotel de San Antonio. Un ayudante de Hughes reconoce, sin embargo, que Alcoa no proporciona alojamiento para los reclutados, en lugar de eso, y antes de viajar al norte, se les hace prometer que tienen familiares con quien pueden quedarse en Acuña. Isidro Equivel obtuvo en Alcoa un trabajo consistente en aventar cajas de partes a una línea de ensamble. Él ha perdido toda ilusión de haber conseguido una vida mejor. "Ellos nos hacen trabajar como burros, y regresamos a esto," dice una noche en la choza de una pieza, con piso de tierra que es su hogar y el de su familia. Con todo, los Equivels pueden decir que tienen una casa. Oscar Chávez Díaz, quien trabajó para Alcoa hasta finales del año pasado, vive con su esposa Nelba en el corroído esqueleto de un autobús de escuela. Ellos apilan su ropa donde solía estar la silla del chofer, y Oscar Chávez ha instalado una pequeña estufa con tres quemadores y un refrigerador, más allá de la cama, cerca de la puerta trasera de emergencia. Él amarró un aire acondicionado a una de la ventanas laterales, con poco resultado; el autobús de cualquier forma se caliente como un horno bajo el sofocante sol del verano. En invierno es un congelador. Oscar Chávez se baña parado en los escalones del frente de su autobús, echándose agua de una cubeta. El agua viene de una llave de afuera. No es potable porque la planta de filtración, que toma su agua del río Bravo, fue construida hace 40 años y no puede proporcionar suficiente agua pura a la inflada población de la zona. Durante una entrevista en octubre, el señor Chávez mostró a este reportero sus recibos de pago de Alcoa que indican que su salario semanal que llevaba a casa era de $570 pesos. Dijo que gasta cerca de $100 pesos en agua potable; cerca de $50 por la renta del autobús, $190 de electricidad y $100 para autobuses y taxis , ya que no tiene automóvil. Le queda muy poco para comida y ropa. Su esposa, que trabaja en otra planta de Acuña, cosiendo asientos de piel para Chevrolet Corvettes, ganaba casi lo mismo que su esposo. Ella gastaba casi $400 pesos semanales en comida, dice Chávez. La doctora Ruth A. Rosenbaum, una economista social radicada en Hartford, estudió el año pasado el poder de compra de trabajadores mexicanos en once ciudades fronterizas. Ella calculó que aún utilizando el salario de Oscar Chávez para comprar solamente los productos más baratos disponibles en Acuña, él tenía que trabajar el pasado otoño cerca de una semana para vestir a su hijo Raúl, de 6 años, para ir a la escuela; 16 horas para ganar lo suficiente para comprar los tenis más baratos; 12 horas para comprar una mochila; 9 horas para un par de pantalones de niños; 3 horas por una camisa blanca pequeña y 4 horas para cuadernos y lápices. "Usted estudia estos salarios por un rato y se enferma del estómago," dice la doctora Rosenbaum. Apoyo del norte Dos grupos de iglesias estadunidenses, el Comité de Servicio de los Amigos y la Congregación de las Hermanas Benedictinas, han estado presionando por un mejor trato a los trabajadores mexicanos de Alcoa. En 1996 ayudaron a Juan Tovar, que entonces tenía 30 años de edad y ganaba menos de $350 pesos semanales, a viajar a Pittsburgh para la reunión anual de Alcoa. Cuando Paul O'Neill, entonces presidente ejecutivo de Alcoa, escuchó de los planes de llevar a un trabajador a la reunión, llamó a Susan Mika, una Hermana Benedictina, en San Antonio. "'¿Va a traer a trabajadores de México a nuestra reunión anual?' me preguntó O'Neill," recordó recientemente Susan Mika. "Él estaba gritando, estaba muy enojado". Pero días después, usando la propiedad de acciones en Alcoa de la Congragación Benedictina , Mika ayudó a Juan Tovar a entrar a la reunión. Ahí fue cuando Tovar confrontó a O'Neill acerca del trato de Alcoa hacia sus trabajadores de Acuña, incluyendo las limitaciones del papel sanitario, práctica común en edificios públicos en México, pero que pareció degradante a los obreros en la fábrica. Después de esa confrontación, la política del papel sanitario de Alcoa se hizo más generosa, las cafeterias fueron modernizadas y otras condiciones mejoraron, dicen Susan Mika y trabajadores de Alcoa. Paul O'Neill también ordenó un importante aumento de salario. Pero el descontento continuó. La primavera pasada, una disputa sobre el retraso de los pagos en una de las plantas de Alcoa ocasionó un breve paro de labores. Semanas después, Robert Hughes viajó a Acuña para encontrarse cara a cara con los obreros en un restaurante del centro de la ciudad. Fue una reunión extraña, ya que altos ejecutivos estadunidenses casi nunca van a México a discutir quejas directamente con los trabajandores. Sesenta obreros llegaron directo de la línea de ensamble para reunirse con Hughes y otros directivos de Alcoa. También estaba presente Julia Quiñonez, coordinadora del Comité Fronterizo de Obreras. Robert Hughes, con las mangas arremangadas y hablando a través de un intérprete, prometió que no habrían represalias para los trabajadores que expresaran sus opiniones. Y así lo hicieron ellos, quejándose de que sus pagos apenas eran suficientes para impedirles morirse de hambre. El Señor Hughes les recordó que su compensación no sólo incluía el salario, $67 pesos en ese momento, sino también el autobús para transportarse gratis al trabajo, un vale de despensa semanal de $46 pesos, y otras prestaciones. Uno de los obreros preguntó por qué el reparto de utilidades de Alcoa, requerido por las leyes mexicanas, eran tan raquíticos, especialmente cuando las plantas de Acuña parecian lucrativas y el Señor O'Neill había recibido $33 millones de dólares en opciones de acciones por encima de su salario de $3 millones en 1999. (Los obreros de Acuña dicen que Alcoa dió el año pasado por reparto de utilidades más o menos $380 pesos por trabajador). "Los obreros sólo dijeron la verdad acerca de sus vidas", dice Julia Quiñonez. "Ellos estaban diciendo, 'vean, no somos robots". Robert Hughes prometió estudiar y quizas reconsiderar los salarios. Cinco meses después, cientos de obreros impacientes por una respuesta se salieron de dos plantas de Acuña y protestaron en un estacionamiento de Alcoa. La policía de Acuña los rodeó y les lanzó gas lagrimógeno. Las protestas de extendieron, y la compañía fue forzada a negociar, reinstalando a los trabajadores despedidos. Muchos de ellos se fueron, aceptando sus liquidaciones que son obligatorias bajo las leyes mexicanas. Uno de ellos fue Oscar Chávez, el trabajador que vive en el autobús y quien desde entonces está trabajando en otra fábrica por un salario mas o menos similar. En noviembre, Alcoa terminó su revisión y Robert Hughes anunció importantes mejoras en los salarios y prestaciones. Juan Tovar, quien ha trabajado para Alcoa desde hace nueve años, dijo que sus salario diario aumentó de $65 a $85 pesos. Con los bonos por puntualidad, los vales de despensa y otras prestaciones, su salario semanal puede ahora llegar a $850 pesos, dice. Ricardo Hernández, que ha monitoreado las prácticas de Alcoa en Acuña para el Comité de Servicio de los Amigos, elogió a Hughes en una reciente carta, al mismo que le reportaba que algunos gerentes de plantas de Alcoa habían recientemente amenazado a trabajadores que participaron en el conflicto de octubre. El reportero que escribe, visitó dos de las plantas de Alcoa en Acuña el mes pasado, vió a obreros soldando componentes eléctricos y tejiendo enmarañados arneses para automóviles a lo largo de líneas de ensamble bien iluminadas y ventiladas. Las cafeterias estaban limpias y los obreros usaban lentes de seguridad.
Pero a pesar de los aumentos y las mejoras de la condiciones de las fábricas de Alcoa, sus tabajadores de Acuña todavía viven en un escuálido mapa de calles terragosas, basura podrida y pantanos de aguas negras al descubierto. Quizas nadie entienda mejor el problema que el actual presidente municipal de Acuña, Eduardo Ramón Valdez, hermano del artífice del parque industrial. En una entrevista dice que su ciudad necesita grandes inversiones en agua potable y asfaltado de calles. La estación de bomberos está virtualmente en bancarrota, por esto Del Rio, su ciudad gemela en Texas, ha enviado recientemente a sus bomberos al otro lado del puente en varias ocasiones, con sus sirenas a todo sonar, para extinguir incendios en Acuña. El hospital del Seguro Social de Acuña, que data de hace 60 años, esta obsoleto y colmado. Tiene 45 camas, pero la ciudad necesita muchas más veces esa cantidad, dice. A las 135 escuelas de Acuña les falta, bueno, casi todo, dice el presidente municipal. "Todas las semanas recibo nuevas peticiones de los maestros," asegura. "Necesitan ventanas, baños, agua potable. Quieren escritorios nuevos. Quieren una bandera. Es una lista interminable." Pero el presupuesto del 2000 de Acuña fue de $9 millones de dólares, dice, lo que quiere decir que la ciudad puede gastar sólo $60 en cada residente. En contraste, el presupuesto de Del Río, con una población de 45 mil personas, es de $32 millones, lo que permite un gasto por persona de $777, 13 veces mayor. Muchos expertos culpan al gobierno por el empobrecimiento. El gobierno por décadas ha gastado en la Ciudad de México la mayor tajada de los ingresos por impuestos. El nuevo presidente mexicano, Vicente Fox, ha prometido que va a ser más generoso con las ciudades y pueblos, y ha prometido un nuevo énfasis en los males de la región fronteriza. Sin embargo, los manufactureros a lo largo de la frontera no estan contribuyendo mucho al total del pago de impuestos, y algunos funcionarios han comenzado a pregurtar si México se beneficia de las exoneración de impuestos que se otorga a las compañías extranjeras. La Cuidad de México y Washington acordaron en 1999 un modesto aumento en los impuestos por ingreso pagados en México de las compañías estadunidenses que operan aquí plantas de ensamblaje libre de impuestos, a la vez que se les recortan sus impuestos en los Estados Unidos por el mismo monto, dijo Ricardo González Orta, ex-director de políticas fiscales del presidente Ernesto Zedillo. Históricamente, dice, las corporaciones estadunidenses se han opuesto enérgicamente al aumento de sus impuestos en México. Cuando se le preguntó a Alcoa cuánto paga en impuestos por sus operaciones en Acuña, una portavoz respondió en un mensaje escrito que en 1999 las fábricas de Alcoa en Acuña pagaron al Estado de Coahuila $ 450 mil dólares en impuestos sobre la nómina, $7millones 800 mil dólares al Seguro Social y $2 millones 400 mil dólares en impuestos federales reservados para viviendas a bajo costo. El mansaje parece indicar que Alcoa no pagó ese año en Acuña impuestos por ingresos, propiedad, bienes, importación, exportación, ventas o al valor añadido. La portavoz de la compañía, Bonita A. Cersosimo, no respondió para hacer aclaraciones. El reporte anual de Alcoa y otros documentos de la compañía sugieren que las operaciones de Alcoa Fujikura en México son bastante lucrativas. En la entrevista, Robert Hughes se negó a hacer público los precios o ganacias de los sistemas eléctricos manufacturados en Acuña, diciendo que esa es información de los dueños. Alcoa donó una ambulancia de $475 mil pesos a Acuña en 1998 y al año siguiente, con Ford Motor, donaron $494 mil para construir la escuela elemental Ford-Alcoa, la cual tiene 300 alumnos inscritos en seis grados. Patricia Pérez, la única maestra de la escuela presente durante la visita de este reportero, el mes pasado, se quejó de que el techo gotea, las ventanas se caen, y que como no se contruyó un patio de juego, los salones de clases están rodeados por un mar de lodo. Pero esas condiciones no parecen ser peor que las de docenas de otras deterioradas escuelas de Acuña. En total, Alcoa donó el año pasado cerca de $170 mil dólares para patrocinar varios proyectos sociales de Acuña, incluyendo el apoyo para un parque al lado del río, dice la portavoz de Alcoa. "Donde sea que Alcoa opere alrededor del mundo, nosotros tomamos en serio el ser buenos ciudadanos corporativos," dice el señor Hughes en la entrevista. "Estamos luchando ahora mismo con si deberíamos hacer algo más en cuanto a apoyar a la comunidad en lugares como Acuña. ¿Deberiamos hacer más en cuanto a viviendas, educación o salud?" El día posterior a la entrevista con Hughes en su cuarto de hotel en Texas, el canto de un gallo despierta a Juan Tovar mucho antes de que el sol aparezca en su casa de dos cuartos de tabicón en Acuña, donde comparte una cama con su esposa Arcelia junto a una cocina improvisada. Ella hierve agua para café y fríe papas, envolviéndolas en tortillas de harina para el almuerzo de Tovar. Luego de un abrazo y un beso, sube en su maltratada pickup, y surca las calles de Acuña bajo una ligera lluvia helada. En una intersección, un policía enterrado en lodo hasta los tobillos trata de desenredar el tráfico paralizado por una alcantarilla tapada. Juan Tovar se desvía por una calle lateral, manejando frenéticamente para llegar a la Planta No. 5 de Alcoa antes de las siete de la mañana. Él no puede darse el lujo de perder sus bono por puntualidad de $30 pesos semanales. Traducción: Programa de la Frontera México-Estados Unidos, Comité de Servicio de los Amigos, Filadelfia, Pennsylvania.
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